La segunda noche de navegación llovió, una lluvia de marzo borrascosa y fría; sin embargo, no trató de ahuyentarla con encantamientos. A la noche siguiente, mientras navegaban al pairo en las afueras del puerto de Hort, en una calma oscura, fría y brumosa, Arren se dio cuenta de que en el corto tiempo en que habían estado juntos, no había visto al Archimago hacer ninguna magia.

Era, sin embargo, un eximio hombre de mar. En aquellos tres días de navegación, Arren había aprendido más que en diez años de prácticas náuticas y regatas en la Bahía de Berila. Y entre un mago y un marino no hay al fin y al cabo tanta diferencia: los dos trabajan con los poderes de los cielos y el mar, los dos manejan los grandes vientos, para acercar lo que está distante. Archimago o Halcón el mercader viajero, venían a ser lo mismo.

Era un hombre más bien silencioso, aunque de excelente talante. Jamás una torpeza de Arren lo impacientaba; era afable; mejor camarada de a bordo no hubiera podido tener, pensaba Arren. Pero a veces callaba durante horas y horas, y cuando al fin llegaba el momento de hablar, había como una gran dureza en su voz, y traspasaba a Arren con la mirada. Esto no debilitaba el amor que el muchacho le tenía, pero quizá sí, en cierto modo, el gusto de estar con él; era un poco sobrecogedor. Gavilán advirtió el cambio acaso, porque en esa noche brumosa, mar afuera de Wathort, empezó de pronto a hablar de sí mismo, un tanto entrecortadamente: —No siento ningún deseo de estar otra vez entre los hombres, mañana. He estado fingiendo que soy un hombre libre… Que nada anda mal en el mundo. Que no soy Archimago, y ni siquiera hechicero. Que soy Halcón de Temeré, un hombre sin responsabilidades ni privilegios, que no le debe nada a nadie. —Hizo una pausa, y al cabo de un momento prosiguió—: Procura elegir con cuidado, Arren, cuando te llegue la hora de las grandes opciones. Cuando yo era joven tuve que escoger entre la vida de ser y la vida de actuar. Y salté a la segunda como una trucha sobre una mosca. Pero cada uno de tus gestos, cada acto, te ata a él y a sus consecuencias, y te obliga a actuar otra vez, y otra y otra vez. Y es muy raro, entonces, que encuentres un espacio, un momento de tiempo como éste, entre acto y acto, en el que puedas detenerte y simplemente ser. O preguntarte quién, a fin de cuentas, eres tú.



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