
Era, sin embargo, un eximio hombre de mar. En aquellos tres días de navegación, Arren había aprendido más que en diez años de prácticas náuticas y regatas en la Bahía de Berila. Y entre un mago y un marino no hay al fin y al cabo tanta diferencia: los dos trabajan con los poderes de los cielos y el mar, los dos manejan los grandes vientos, para acercar lo que está distante. Archimago o Halcón el mercader viajero, venían a ser lo mismo.
Era un hombre más bien silencioso, aunque de excelente talante. Jamás una torpeza de Arren lo impacientaba; era afable; mejor camarada de a bordo no hubiera podido tener, pensaba Arren. Pero a veces callaba durante horas y horas, y cuando al fin llegaba el momento de hablar, había como una gran dureza en su voz, y traspasaba a Arren con la mirada. Esto no debilitaba el amor que el muchacho le tenía, pero quizá sí, en cierto modo, el gusto de estar con él; era un poco sobrecogedor. Gavilán advirtió el cambio acaso, porque en esa noche brumosa, mar afuera de Wathort, empezó de pronto a hablar de sí mismo, un tanto entrecortadamente: —No siento ningún deseo de estar otra vez entre los hombres, mañana. He estado fingiendo que soy un hombre libre… Que nada anda mal en el mundo. Que no soy Archimago, y ni siquiera hechicero. Que soy Halcón de Temeré, un hombre sin responsabilidades ni privilegios, que no le debe nada a nadie. —Hizo una pausa, y al cabo de un momento prosiguió—: Procura elegir con cuidado, Arren, cuando te llegue la hora de las grandes opciones. Cuando yo era joven tuve que escoger entre la vida de ser y la vida de actuar. Y salté a la segunda como una trucha sobre una mosca. Pero cada uno de tus gestos, cada acto, te ata a él y a sus consecuencias, y te obliga a actuar otra vez, y otra y otra vez. Y es muy raro, entonces, que encuentres un espacio, un momento de tiempo como éste, entre acto y acto, en el que puedas detenerte y simplemente ser. O preguntarte quién, a fin de cuentas, eres tú.
