¿Cómo un hombre semejante, pensó Arren, podía tener dudas acerca de quién y qué era? Siempre había supuesto que esas dudas eran propias de los jóvenes, de quienes aún no habían hecho nada en la vida.

La barca se balanceaba en la inmensa y fría oscuridad.

—Es por eso que me gusta el mar —dijo desde la oscuridad la voz de Gavilán.

Arren lo comprendía; pero sus propios pensamientos, los mismos de esos tres días y tres noches, iban más lejos: la búsqueda que habían emprendido, la meta de la travesía. Y puesto que su compañero estaba al fin de humor locuaz, se animó a preguntar: —¿Creéis que en Hortburgo encontraremos lo que buscamos?

Gavilán sacudió la cabeza, quizá queriendo decir que no, o que no lo sabía.

—¿Podrá ser una especie de peste, una plaga que va de una tierra a otra arruinando las cosechas y los rebaños y el espíritu de los hombres?

—Una peste es un movimiento de la Gran Balanza, del Equilibrio mismo; esto es diferente. Tiene el olor fétido del mal. Podemos llegar a sufrir, cuando el equilibrio de las cosas busca su justo nivel, pero no perdemos la esperanza, ni renunciamos al arte, ni olvidamos las palabras de la Creación. La naturaleza no es antinatural. Esto no es una búsqueda del equilibrio, sino una ruptura. Y sólo hay una criatura capaz de provocarla.

—¿Un hombre? —dijo Arren, inseguro.

—Nosotros, los hombres.

—¿Cómo?

—Por un desmesurado deseo de vida.

—¿De vida? Pero ¿es malo acaso querer vivir?



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