—No. Pero cuando ambicionamos poder sobre la vida, riqueza inagotable, seguridad inexpugnable, inmortalidad… entonces el deseo se convierte en codicia. Y si a esa codicia se suma el saber, sobreviene el mal. Entonces el equilibrio del mundo se perturba, y el peso de la destrucción inclina la balanza.

Arren sopesó un momento lo que acababa de oír; al fin dijo: —¿Creéis entonces que es un hombre lo que buscamos?

—Un hombre, y un mago. Sí, eso creo.

—Pero yo pensaba, por lo que me enseñaron mi padre y mis maestros, que las grandes artes de la Magia dependían de la Balanza, del Equilibrio de las cosas, y no podían ser utilizadas para el mal.

—Ese —dijo Gavilán con un resabio de ironía— es un punto de vista discutible. Infinitas son las discusiones de los magos… Todas las comarcas de Terramar saben de brujas que echan sortilegios inmundos, de hechiceros que emplean sus artes para conseguir riquezas. Pero hay más. El Señor del Fuego, que intentó deshacer la oscuridad y detener el sol en el cenit, era un gran mago; el mismo Erreth-Akbé consiguió a duras penas derrotarlo. El enemigo de Morred era otro de esta especie.

Dondequiera que fuese, grandes ciudades se postraban a sus pies; los ejércitos combatían por él. El maleficio que urdió contra Morred era tan poderoso que aun después de que él sucumbiera siguió actuando sin que nadie lo pudiese detener, y la isla de Solea fue devorada por el mar, y todo en ella pereció. Eran hombres en quienes la fuerza y el saber estaban al servicio del mal, y de él se nutrían. Si la hechicería que sirve a un fin más noble será siempre la más fuerte, es algo que ignoramos. Esperamos que lo sea.

Es desolador encontrar sólo esperanza allí donde uno confiaba encontrar certeza. Pero ningún deseo sentía Arren de quedarse en aquellas cumbres frías. Al cabo de un silencio, dijo: —Entiendo por qué decís que sólo los hombres hacen el mal, me parece. Hasta los tiburones son inocentes; ellos matan por necesidad.



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