
—Es por eso que nada se nos resiste. Una sola cosa en el mundo puede resistir a un hombre malvado de corazón: otro hombre. En nuestra vergüenza está nuestra grandeza. Sólo nuestro espíritu, que es capaz del mal, es capaz también de dominarlo.
—Pero los dragones —dijo Arren—, ¿no hacen mucho mal? ¿Son acaso inocentes?
—¡Los dragones! Los dragones son avariciosos, insaciables, traicioneros; criaturas sin piedad, sin remordimientos. Pero ¿son malvados? ¿Quién soy yo para juzgar los actos de los dragones?… Ellos son más sabios que los hombres. Pasa con ellos como con los sueños, Arren. Nosotros, los hombres, soñamos sueños, hacemos magia, obramos bien, obramos mal. Los dragones no sueñan. Son sueños. Ellos no hacen magia: la magia es la sustancia, el ser de los dragones. Ellos no actúan: son.
—En Serilune —dijo Arren— está la piel de Bar Oth, muerto por Keor, Príncipe de Enlad, hace trescientos años. Ningún dragón ha venido a Enlad desde ese día. Yo he visto la piel de Bar Oth. Es pesada como de hierro, y tan grande que si se la extendiese cubriría toda la plaza del mercado de Serilune, dicen. Los dientes son tan largos como mi antebrazo. Sin embargo, dicen que Bar Oth era un dragón joven, no adulto todavía.
—Hay en ti un deseo —dijo Gavilán—: ver dragones.
—Sí.
—Tienen la sangre fría, y venenosa. No has de mirarlos a los ojos. Son más viejos que la humanidad… —Calló un momento y luego continuó—: Y aunque un día yo llegara a olvidar o lamentar todo cuanto he hecho siempre me acordaría de que una vez vi cómo los dragones volaban en el viento del crepúsculo, sobre las islas occidentales, y me sentiría dichoso.
Luego los dos callaron; y no hubo otro sonido que el cuchicheo del agua contra la barca, y ninguna luz. Y allá en alta mar, al fin se durmieron.
En la bruma luminosa de la mañana llegaron al Puerto de Hort, donde había un centenar de embarcaciones amarradas a los muelles o a punto de hacerse a la mar: barcas de pesca, cangrejeras, jábegas, buques mercantes, dos galeras de veinte remos, y una tercera de sesenta remos en carena y con graves averías, y algunos veleros largos y esbeltos con altas velas triangulares que capeaban los vientos de altura en las tórridas calmas del Confín Austral.
