
—¿Es una nave de guerra? —preguntó Arren cuando pasaban delante de una de las galeras de veinte remos, y su compañero respondió:
—Un galeón de esclavos, a juzgar por las cadenas y grilletes atornillados a la cala. Se trafica con seres humanos en el Confín Austral.
Arren pensó un momento en lo que acababa de oír, y luego fue hasta la caja de herramientas y sacó de ella la espada que había guardado bien envuelta en la mañana de la partida. La desenvolvió y permaneció de pie, indeciso, con la espada envainada entre las manos, el cinto colgando del pomo.
—No es la espada de un mercader viajero. La vaina es demasiado espléndida.
Gavilán, atareado con el timón, lo miró de soslayo. —Llévala si quieres.
—Pensé que tal vez fuese prudente.
—Si de espadas se trata, ésta es prudente —dijo el mago, la mirada alerta, buscando un paso para la barca entre las embarcaciones que se apretaban en la bahía—. ¿No es una espada que se resiste a ser utilizada?
Arren asintió. —Eso dicen. Sin embargo ha matado. Ha matado hombres. —Miró la delgada empuñadura, gastada por el contacto de las manos—. Ella, no yo. Hace que me sienta tonto. Es tanto más vieja que yo… Llevaré mi cuchillo —concluyó, y envolvió otra vez la espada y la empujó hasta el fondo de la caja de herramientas. Tenía una expresión de perplejidad y cólera.
—¿Quieres tomar los remos ahora, hijo? —preguntó Gavilán al cabo de un momento—. Vamos hacia el muelle, allí, cerca de la escalera.
Hortburgo, uno de los Siete Grandes Puertos del Archipiélago, trepaba desde la bulliciosa zona portuaria por las laderas de tres escarpadas colinas en una algarabía de color.
