
Cuando hubieron anclado la barca, Gavilán se agachó, como para examinar el nudo de amarre, y dijo: —Arren, en Wathort hay gente que me conoce demasiado bien; obsérvame pues, así podrás reconocerme. —Cuando se enderezó, no se le veía en la cara ninguna cicatriz. Tenía los cabellos completamente grises; la nariz ancha y un tanto respingada; y en vez de una vara de madera de tejo alta como él, llevaba en la mano una corta vara de marfil, que guardó bajo la camisa—. ¿Me conoces? —preguntó con una ancha sonrisa, y hablando con el acento de Enlad—. ¿O es que nunca has fisto a tu chío?
En la corte de Berila, Arren había observado cómo otros hechiceros cambiaban de apariencia cuando interpretaban la Gesta de Morred, y sabía que era sólo una ilusión; no se amilanó y alcanzó a responder: —¡Oh sí, chío Halgón!
Sin embargo, mientras el mago regateaba con el guardia del puerto el arancel de muelle y vigilancia, Arren no dejaba de mirarlo, como asegurándose de que en verdad lo conocía. Y cuanto más lo miraba, más —no menos— lo turbaba la transformación. Era demasiado completa. Este hombre no era el Archimago, el guía y maestro de infinita sapiencia… El arancel que el guardia reclamaba era alto, y Gavilán lo pagó a regañadientes, y siempre regañando echó a andar con Arren a grandes trancos. —¡Vaya prueba para mi paciencia! —dijo—. ¡Pagarle a ese gordo ladrón para que me cuide la barca cuando medio sortilegio haría mejor el trabajo! Bueno, es el precio del disfraz… Y he olvidado hablar como corresponde, ¿no es así, sobrino?
