Iban subiendo por una calle estrafalaria y hedionda, atestada de gente, flanqueada de comercios, poco más que tenderetes, cuyos propietarios, de pie en los umbrales, entre montones e hileras de mercancías, pregonaban la belleza y baratura de sus marmitas, calcetines, sombreros, palas, alfileres, bolsos, calderas, cestas, atizadores, cuchillos, cuerdas, cerrojos, ropas de cama y todo tipo de artículos de quincallería y mercería.

—¿Es una feria?

—¿Eh? —dijo el hombre de la nariz respingona, inclinando la canosa cabeza.

—¿Es una feria, chío?

—¿Una feria? No, no. Aquí es siempre así, durante todo el año. ¡Guarda tus pasteles de pescado, mujer, que ya he desayunado! —Y Arren trataba de desembarazarse de un hombre que llevaba una bandeja cargada de pequeños búcaros de bronce y lo seguía pisándole los talones, gimoteando:

—Compra, prueba, mi amo, hermoso doncel, que no te decepcionarán, el aliento te perfumarán como las rosas de Nimima, y hechizará para ti a las mujeres, pruébalos, joven señor de los mares, joven príncipe…

De repente, Gavilán se había interpuesto entre Arren y el buhonero, diciendo: —¿Qué encantamientos son ésos?

—¡Encantamientos no! —gimoteó el hombre reculando con presteza—. ¡Yo no vendo encantamientos, gran capitán! Sólo jarabes para endulzar el aliento después de la bebida o la raíz de la hazia… ¡Sólo jarabes, gran príncipe! —Se acurrucó en el pavimento de piedra; los búcaros de la bandeja se entrechocaron tintineando, y algunos se inclinaron, y en los bordes asomó una gota, rosada o violácea, de la sustancia viscosa que contenían.

Gavilán se apartó en silencio y siguió caminando con Arren. Pronto la muchedumbre que iba y venía por la calle se hizo menos densa y los comercios que la flanqueaban se trocaron en tiendas miserables, covachas que ostentaban por toda mercancía un puñado de clavos torcidos, un mortero roto, un viejo peine de cardar.



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