Aquella pobreza le repugnaba a Arren menos que el resto; en el sector rico de la calle se había sentido ahogado, asfixiado por la presión de las cosas que se ofrecían en venta y las voces que lo instaban a gritos a comprar, comprar. Y la abyección del buhonero le había causado horror. Pensaba en las calles frías y luminosas de su ciudad allá en el Norte. Ningún hombre en Berila se degradaría de ese modo delante de un extraño. —¡Es gente despreciable! —dijo.

—Por aquí, sofrino —fue la réplica del mago. Doblaron por un pasaje lateral entre los muros altos, rojos y sin ventanas que corrían por el flanco de la colina y atravesaban un arco adornado con banderas decrépitas, para salir de nuevo a la luz del sol en una plazoleta empinada, otro mercado atestado de quioscos y tenderetes, pululante de gente y de moscas.

En las aceras de la plazoleta había hombres y mujeres sentados o tumbados de espalda, inmóviles. Las bocas de todos ellos tenían un aspecto extraño, un color negruzco, como magulladas, y las moscas les revoloteaban alrededor de los labios y se apiñaban en ellos como racimos de uvas secas.

—¡Cuántos! —dijo, baja y agitada, la voz de Gavilán como si también él se hubiera sorprendido; pero cuando Arren lo miró, sólo vio la cara roma e imperturbable de Halcón, el enérgico mercader, en la que no había ninguna inquietud.

—¿Qué le pasa a toda esa gente?

—Hazia. Una sustancia que calma y entorpece, que separa el cuerpo de la mente. Y la mente vaga en libertad. Pero cuando retorna al cuerpo, necesita más hazia… Y la necesidad crece y crece; y la vida se acorta, porque la hazia es un veneno. Al principio hay un temblor, luego la parálisis, y al fin la muerte.

Arren observaba a una mujer sentada contra un muro al calor del sol; había levantado la mano como para espantarse las moscas de la cara, pero la mano describía en el aire un movimiento circular, convulsivo, como si su dueña la hubiese olvidado, y sólo la moviesen los impulsos repetidos de una perlesía o un temblor muscular. El gesto tenía algo de encantamiento, pero vacío de toda intención, un sortilegio sin significado.



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