
—Por aquí, sofrino —fue la réplica del mago. Doblaron por un pasaje lateral entre los muros altos, rojos y sin ventanas que corrían por el flanco de la colina y atravesaban un arco adornado con banderas decrépitas, para salir de nuevo a la luz del sol en una plazoleta empinada, otro mercado atestado de quioscos y tenderetes, pululante de gente y de moscas.
En las aceras de la plazoleta había hombres y mujeres sentados o tumbados de espalda, inmóviles. Las bocas de todos ellos tenían un aspecto extraño, un color negruzco, como magulladas, y las moscas les revoloteaban alrededor de los labios y se apiñaban en ellos como racimos de uvas secas.
—¡Cuántos! —dijo, baja y agitada, la voz de Gavilán como si también él se hubiera sorprendido; pero cuando Arren lo miró, sólo vio la cara roma e imperturbable de Halcón, el enérgico mercader, en la que no había ninguna inquietud.
—¿Qué le pasa a toda esa gente?
—Hazia. Una sustancia que calma y entorpece, que separa el cuerpo de la mente. Y la mente vaga en libertad. Pero cuando retorna al cuerpo, necesita más hazia… Y la necesidad crece y crece; y la vida se acorta, porque la hazia es un veneno. Al principio hay un temblor, luego la parálisis, y al fin la muerte.
Arren observaba a una mujer sentada contra un muro al calor del sol; había levantado la mano como para espantarse las moscas de la cara, pero la mano describía en el aire un movimiento circular, convulsivo, como si su dueña la hubiese olvidado, y sólo la moviesen los impulsos repetidos de una perlesía o un temblor muscular. El gesto tenía algo de encantamiento, pero vacío de toda intención, un sortilegio sin significado.
