
También Halcón la estaba mirando, el rostro inexpresivo. —¡Sigamos! —dijo.
Cruzó la plaza hacia un tenderete a la sombra de un entoldado. Franjas de sol coloreadas de verde, naranja, limón, carmesí y azur atravesaban las telas y los chales y los cinturones trenzados, y danzaban multiplicándose en los espejos diminutos que adornaban el peinado alto y empenachado de la mujer que vendía la mercancía: una mujer gorda, corpulenta, y que salmodiaba con un vozarrón: —¡Sedas, rasos, cañamazos, pieles, fieltros, lanas, vellones de Gont, gasas de Sowl, sedas de Lorbanería! ¡Eh, vosotros, hombres del Norte, quitaos esos capotes acolchados! ¿No veis que ha salido el sol? ¿Qué os parece esta seda para llevarla a una muchacha en la lejana Havnor? ¡Ved esta seda del Sur, tenue como ala de efímera! —Había desplegado con manos expertas un rollo de una seda diáfana, de color rosado, atravesada por hilos de plata.
—Que no, mujer, que no tenemos reinas por esposas —dijo Halcón, y la voz de la vendedora se elevó como una trompeta:
—¿Con qué vestís entonces a vuestras mujeres? ¿Con arpillera? ¿Con lona de velas? ¡Tacaños que os negáis a comprar una pieza de seda para una pobrecita que está helándose en las nieves eternas del Norte! ¿Qué os parece esto entonces, este vellón gontés para ayudaros a mantenerla caliente en las noches de invierno? —Tiró sobre el mostrador un gran pañolón pardo y crema, tejido con el pelo sedoso de las cabras de las islas septentrionales. El supuesto mercader extendió la mano y lo palpó; y sonrió.
—Ah, ¿sois gontesco? —dijo la voz de trompeta, y el peinado oscilante lanzó alrededor mil puntos multicolores que giraron sobre el palio de lona y la tela.
