
Arren era un muchacho activo: se deleitaba en la práctica de juegos y deportes y ejercitaba el cuerpo y la mente con orgullo y placer, y se desempeñaba con corrección en las obligaciones que le imponían el ceremonial y el protocolo de la corte, que no eran livianas ni simples. Sin embargo, nunca se había entregado por entero a nada. Todo se le había dado fácil en la vida, y él lo había hecho todo con facilidad; para él todo había sido un juego, y había jugado a amar. Pero ahora algo había despertado dentro de él, algo que no era un juego ni un sueño, sino el honor, el peligro, la sabiduría, una cara surcada de cicatrices, una voz calmosa y una mano morena sosteniendo con indiferencia la poderosa vara de tejo que cerca de la empuñadura llevaba la Runa Perdida de los Reyes, incrustada en plata en la madera negra.
Así damos siempre ese primer paso, repentino y rápido, que nos separa de la infancia, sin mirar hacia atrás ni hacia adelante, sin cautela, y con las manos vacías.
Olvidando las despedidas corteses, Arren se precipitó hacia la puerta, desmañado, radiante, obediente. Y Ged el Archimago lo siguió con la mirada.
Ged permaneció un rato junto a la fuente a la sombra del fresno y alzó luego el rostro hacia el cielo bañado por el sol.
—Amable mensajero para tan malas nuevas —dijo a media voz, como si le hablara a la fuente. La fuente no escuchó, pero continuó hablando con voces de plata, y él la escuchó un momento. Luego, encaminándose a otra puerta, que Arren no había visto, y que en verdad pocos ojos habrían podido ver, por muy de cerca que hubiesen mirado, llamó en voz alta—: ¡Maestro Portero!
Apareció un hombrecito sin edad. Joven no era, de modo que uno hubiera tenido que llamarlo viejo, pero la palabra no era la apropiada. Tenía un rostro seco, de un color marfileño, y una sonrisa agradable que le marcaba unos surcos largos y curvos en las mejillas. —¿Qué ocurre, Ged? —dijo.
