Pero Hugh no era débil, como podría advertir cualquier persona que mirara con atención sus brillantes ojos azules debajo de las espesas cejas rubias y canosas. Firmó los papeles de la boda haciendo temblar su mano a propósito. También tenía los hombros caídos y no cruzó su mirada con la de Henry Bolton, aunque este no se dio cuenta. Lo único que le importaba era que Rosamund no fuera arrancada de sus garras por un casamiento con algún extraño. Confiaba en que Friarsgate seguía firmemente bajo su control.

La novia vestía un sencillo vestido ajustado de lana color verde, de talle alto. Llevaba el largo cabello rojizo suelto sobre sus hombros estrechos. Los ojos color ámbar denotaban curiosidad y también cautela. Era delicada, como una pequeña hada, pensó Hugh al tomar su manita en la suya para repetir los votos ante el anciano sacerdote. La niña recitó sus votos con un sonsonete: era obvio que los había aprendido de memoria.

Henry Bolton sonreía satisfecho, casi como relamiéndose, mientras contemplaba el segundo matrimonio de Rosamund. Después, le dijo a Hugh:

– No debes corromperla aunque ahora sea tu esposa. La quiero virgen para su próximo matrimonio.

Por un momento, Hugh sintió una ira oscura que se apoderó de su alma, pero ocultó el desagrado que le inspiraba ese hombre tosco y avaricioso, y dijo con voz queda:

– Es una niña, Henry Bolton. Además, ya estoy viejo para emociones como la pasión.

– Me alegro de oírlo -dijo Henry, jovial-. En general, es una muchachita dócil, pero puedes golpearla si no se comporta como tal. Ese derecho es tuyo, y no te privaré de él.

Y entonces Henry Bolton se fue de Friarsgate, cabalgando sobre las colinas que separaban Otterly Court de la rica propiedad de su sobrina.

PRIMERA PARTE

La heredera de Friarsgate


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