
– Como yo -comentó Rosamund.
– Sí, como tú -dijo Hugh, con una risita-. Entiendes muchas cosas para ser tan joven.
– El sacerdote dice que las mujeres son la vasija más frágil, pero yo creo que se equivoca. Las mujeres pueden ser fuertes e inteligentes.
– ¿Eso es lo que piensas, Rosamund? -Qué criatura tan fascinante era esta niña que ahora estaba a su cargo.
Ella se asustó ante la pregunta y apoyó la espalda contra el respaldo de la silla.
– ¿Me golpearás por mis pensamientos, sir? -inquirió, nerviosa.
La pregunta perturbó profundamente a Hugh Cabot.
– ¿Por qué piensas eso, niña?
– Porque estuve muy osada. Mi tía dice que las mujeres no han de ser osadas ni atrevidas. Que eso es desagradable para los hombres y que debe golpeárselas por ello.
– ¿Te golpeó alguna vez tu tío? -pregunto él. Ella asintió en silencio-. Bien, niña, yo no te golpearé -dijo Hugh, y sus bondadosos ojos azules se encontraron con los temerosos ojos ambarinos de ella-. Siempre querré que seas franca y honesta conmigo, Rosamund. La falsedad lleva a malos entendidos tontos. Yo puedo enseñarte muchas cosas si de verdad vas a ser la señora de Friarsgate. No sé cuánto tiempo estaré contigo, pues soy un hombre viejo. Pero si quieres manejar tu propio destino, sin interferencias, deberás aprender lo que tengo para enseñarte, a fin de que Henry Bolton no vuelva aquí a dominarte.
Él vio que sus palabras despertaban un destello de interés en el rostro de Rosamund, aunque ella lo disimuló de inmediato y dijo, reflexiva:
– Si mi tío hubiera sabido que planeabas ponerme en su contra creo que hoy no serías mi esposo, Hugh Cabot.
