Estaban en Febrero, y el clima era tan desolado y frío como solía serlo en ese mes, y aún así el jardín de la casa de al lado ostentaba un abundante crecimiento, con gruesas hojas de oscuros verdes e inusuales plantas de color bronce que parecían crecer a pesar de las heladas. Reconocía que había árboles y arbustos sin hojas y que la hierba escaseaba en todos los profundos macizos, pero aún así el jardín exudaba un aire de vida invernal bastante ausente en la mayoría de los jardines de Londres en esa época del año.

No era que estuviera interesado en absoluto en la horticultura; era la dama la que retenía su interés, con su elegante y agraciado andar, con la inclinación de la cabeza cuando observaba un brote. Su cabello, de un vivo color caoba estaba recogido en un moño sobre la cabeza; desde esa distancia no podía ver su expresión, pero aún así su rostro era un óvalo pálido, las facciones delicadas y puras.

Un lebrel lanudo, de pelo leonado olisqueaba perezosamente sus talones; normalmente la acompañaba cada vez que paseaba por allí.

Sus instintos bien afilados y fiables, le informaron de que hoy la atención de la dama era superficial, estaba en suspenso, estaba matando el tiempo mientras esperaba algo. O a alguien.

– ¿Milord?

Tristan se volvió. Estaba de pie frente a la ventana salediza de la biblioteca del primer piso en la esquina trasera de la casa con balcones en el número 12 de la calle Montrose Place. Él y sus seis conspiradores, los miembros del Bastion Club, habían comprado la casa hacía tres semanas; estaban en el proceso de equiparla para que les sirviera como fortaleza privada, como el último bastión contra las casamenteras de la aristocracia. Situada en un área tranquila de Belgravia a pocas manzanas de la parte sureste del parque, detrás del cual estaba Mayfair donde todos ellos poseían casas, la vivienda era perfecta para sus necesidades.



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