
La ventana de la biblioteca daba al jardín trasero, y también hacia el jardín trasero de la casa más grande que había al lado, el número 14, donde vivía la dama.
Billings, el carpintero a cargo de las renovaciones, estaba en la puerta estudiando un maltratado listel.
– Creo que ya casi terminamos con todo el trabajo de renovación, a excepción de ese par de armarios en el estudio -Billings alzó la vista-. Si pudiera ir a echarle una mirada para ver si captamos la idea de forma correcta lo terminaríamos, y luego empezaremos a pintar, lustrar y limpiar, para que ustedes se puedan instalar.
– Muy bien -Tristan se movió-. Voy -le dio una última mirada al jardín de al lado, y vio a un niño de suave cabello rubio corriendo por el césped hacia la dama. Vio que ella se volvía, lo veía, y aguardaba expectante… seguramente eran las noticias que había estado esperando.
No tenía ni idea de por qué la encontraba fascinante; prefería a las rubias de encantos más exuberantes y a pesar de su desesperada necesidad de esposa, la dama era demasiado mayor para estar aún en el mercado matrimonial; seguramente ya estaría casada.
Apartó la mirada de ella.
– ¿Cuánto tiempo piensa que falta para que la casa sea habitable?
– Unos pocos días más, tal vez una semana. La planta de abajo ya casi está lista.
Haciéndole señas a Billings para que fuera delante, Tristan lo siguió.
– ¡Señorita, señorita! ¡El caballero está aquí!
¡Al fin! Leonora Carling inspiró profundamente. Se enderezó, y la espalda se le puso rígida por la anticipación, luego se relajó para sonreírle al limpiabotas.
– Gracias, Toby. ¿Es el mismo caballero que vino antes?
Toby asintió.
– El que Quiggs dice que es uno de los dueños.
Quiggs era un carpintero a jornal que trabajaba en la casa de al lado; Toby, siempre curioso, había hecho amistad con él. A través de esa ruta Leonora se había enterado de suficientes cosas acerca de los planes que tenían los caballeros dueños de la casa de al lado, como para decidir que tenía que saber más. Mucho más.
