
Toby, con el cabello desgreñado, y las mejillas coloradas donde el viento lo había azotado, brincaba de un pie al otro.
– Aunque debe salir prontito si quiere cogerlo… Quiggs dijo que Billings estaba arreglando los últimos detalles con él y que después el caballero seguramente se iría.
– Gracias -Leonora le dio una palmadita a Toby en el hombro, y lo llevó con ella mientras caminaba rápidamente hacia la puerta trasera. Henrietta, su lebrel, galopaba a sus talones-. Me pasaré por allí ahora mismo. Has sido una gran ayuda… veamos si podemos persuadir a Cook de que te mereces una tarta de mermelada.
– ¡Bien! -los ojos de Toby se abrieron; las tartas de mermelada de Cook eran legendarias.
Harriet, la doncella de Leonora, que había estado en la familia desde hacía muchos años, una tranquila pero perspicaz mujer con una masa de rizado cabello rojizo, la estaba esperando en el vestíbulo justo detrás de la puerta trasera. Leonora mandó a Toby a que pidiera su recompensa; Harriet esperó hasta que el niño estuvo fuera del alcance de su voz para preguntar.
– No vas a hacer nada imprudente, ¿verdad?
– Por supuesto que no -Leonora miró su vestido; tironeó del corpiño-. Pero debo saber si los caballeros de al lado son los mismos que previamente habían estado interesados en esta casa.
– ¿Y si lo son?
– Si lo son, entonces o estaban detrás de los incidentes, en cuyo caso los incidentes cesarán, o bien no saben nada de los intentos de robo, o de los otros acontecimientos, en cuyo caso… -frunció el ceño, luego pasó junto a Harriet-. Debo irme. Toby dijo que el hombre se iría pronto.
Ignorando la mirada preocupada de Harriet, Leonora se apresuró a cruzar la cocina. Sorteó las usuales preguntas domésticas de Cook, la señora Wantage, el ama de llaves, y Castor, el anciano mayordomo de su tío, prometiéndoles volver pronto para hacerse cargo de todo, y pasó a través de la puerta de vaivén tapizada, hacia el vestíbulo delantero.
