Castor la siguió.

– ¿Debería mandar a buscar un coche, señorita? ¿O desea un lacayo…?

– No, no -tomando la capa, se la puso por encima de los hombros y rápidamente ató los cordones-. Sólo saldré a la calle un minuto… Regresaré enseguida.

Agarrando el sombrero del perchero que había en el vestíbulo, se lo colocó en la cabeza; mirándose en el espejo, rápidamente ató las cintas. Examinó su apariencia. No era perfecta, pero bastaría. Interrogar a caballeros desconocidos no era algo que hiciera a menudo; a pesar de ello no iba a ceder ni a acobardarse. La situación ya era demasiado seria.

Se volvió hacia la puerta.

Castor estaba de pie delante de la misma, un vago ceño arrugaba su frente.

– ¿Dónde debo decir que ha ido si Sir Humphrey o el señorito Jeremy preguntan?

– No lo harán. Si lo hacen, sólo diles que fui de visita a la casa de al lado. -pensarían que había ido al número 16, y no al número 12.

Henrietta estaba sentada al lado de la puerta, sus brillantes ojos fijos en ella, las quijadas abiertas, la lengua colgando, esperando contra toda esperanza…

– Quédate aquí.

Con un lamento, el lebrel se dejó caer desanimada, y con patente disgusto, apoyó la enorme cabeza sobre las patas.

Leonora la ignoró. Hizo un gesto impaciente hacia la puerta; tan pronto como Castor la abrió, se apresuró a salir al techado porche delantero. En lo alto de las escaleras, hizo una pausa para examinar la calle; estaba, como había esperado, desierta. Aliviada, descendió rápidamente hacia el jardín delantero de ensueño.

Normalmente el jardín la hubiera distraído, al menos la hubiera hecho observar y tomar nota. Hoy, apresurándose por el sendero principal, apenas vio los arbustos, las brillantes bayas colgando de las ramas desnudas, las extrañas hojas parecidas a encaje creciendo profusamente. Hoy, la fantástica creación de su primo lejano Cedric Carling falló en demorar su precipitada carrera hacia la reja delantera.



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