– He encontrado un sitio ideal donde ocultarlas -me dijo en polaco-. Mira, todas las cartas caben dentro.

Tomó el montón de cartas metidas en sobres largos y las colocó en el hueco artificial hecho en el libro. Luego puso goma en las páginas no cortadas a los lados del hueco y las apretó para ocultar las cartas.

– Ahora lo agitamos. -Agitó el libro, aterrándolo por las cubiertas-, ¿Ves? No cae nada. Ni el mismísimo Poirot podría encontrarlas.

Yo permanecía inmóvil y en silencio, sin saber qué decir.

– ¿Por qué estás tan silenciosa, Elzbeta? -dijo, volviéndose repentinamente más cauto. Y luego gritó, esta vez en inglés-: ¿Quién está ahí? ¡Quédese donde está!

Dejó caer el libro y tomó una pistola de sobre la mesa. El cañón había sido alargado con un silenciador. Dado que la apuntaba tan exactamente en mi dirección, resultaba obvio que su ceguera no le impedía en absoluto manejar el arma.

– Al menor movimiento, disparo. ¿Quién es usted? -preguntó. Estaba de pie, medio vuelto hacia mí, sin mirar, pero escuchando, como hacen los ciegos. Sin replicar, di un rápido paso hacia atrás. De inmediato se oyó un clic… Fue un clic, no el estampido de un disparo. La bala se clavó en el yeso, junto a mi oreja.

– Está usted loco -dije en polaco-. ¿Por qué ha hecho esto?

– Es usted polaco. Lo imaginé -No estaba sorprendido en lo más mínimo, y no bajó la pistola-. Venga a la mesa, siéntese junto a mí, y no trate de quitarme la pistola: lo oiría. Venga.

Maldiciéndome a mí mismo por aquella estúpida aventura, fui a la mesa y me senté, extendiendo las piernas frente a mí. El cañón de la pistola siguió todos mis movimientos. Ahora me apuntaba al pecho. Lo podría haber agarrado, de no haber estado seguro de que dispararía antes.

– ¿Viene enviado por Copecki? -preguntó el ciego.

– No conozco a nadie con ese nombre -dije.

– Entonces, ¿de dónde sale usted?



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