Mi cabello y gabardina quedaron empapados de inmediato. Además, el alero de aquel lado era más estrecho, y por consiguiente también lo era el trozo de asfalto bajo el mismo; la inclinada cortina de agua me mojaba las piernas. Apreté la espalda contra la seca puerta y repentinamente, noté cómo cedía. Empujé con más fuerza y me hallé tras ella, en medio de una completa oscuridad. Mi mano extendida golpeó algo cálido y suave; lancé una exclamación.

– Silencio; y tenga más cuidado, casi me ha atravesado la mejilla -susurró alguien, mientras una mano invisible me empujaba hacia delante-. La puerta está frente a usted Verá un pasillo y una habitación al final del mismo. Cuando entre…

– ¿Por qué debería hacerlo? -interrumpí.

– No tenga miedo. Es ciego, aunque dispara con buena puntería. Muéstrese amable. Charle con él un rato, y espéreme. Regresaré pronto. -Una sonrisa coqueta, y la puerta de la calle volvió a abrirse y se cerró de golpe, inmediatamente. Tiré de ella. No cedió, y no podía hallar la cerradura. Llevaba una linterna pequeña en el bolsillo, que solía usar en los pasillos oscuros del hotel. La linterna iluminó un tenebroso descansillo y dos puertas, una hacia la calle, la otra hacia el interior del edificio. La que daba a la calle había sido cerrada, la otra se abrió suavemente bajo mi mano, y vi el corredor y una luz al final del mismo que brotaba de una habitación abierta al fondo.

Tratando de no producir ningún sonido, me aproximé a la habitación y me detuve en la entrada. Un hombre que llevaba una chaqueta de terciopelo negro y el cabello muy largo estaba cortando cuidadosamente un hueco rectangular en las páginas de un libro abierto. De no ser por el tono grisáceo de su cabello y las arrugas alrededor de sus ojos, podría haber sido tomado por un joven. Estaba sentado frente a una potente luz eléctrica: debían ser quinientos o mil vatios. Ningún hombre con una visión normal hubiera podido soportar el estar tan cerca de ella, pero aquel hombre era ciego.



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