
– Pero están los Estados socialistas -dije.
– ¿Para qué iban a querer reconstruir el futuro? Lo están construyendo por sí mismos, basándose en las premisas racionales de la realidad.
– Bien, siempre está el interés de la ciencia -apunté, tratando de aplacarlo un poco.
– Que en ninguna forma es compatible con el interés del comercio. Imagínese los anuncios: «Tiempos paralelos. Todas las variedades del futuro. Regreso garantizado» ¡No! Háganselo ustedes mismos. No fue por eso por lo que me pasé diez años en los bajos fondos científicos.
Un borracho miró desde la calle, y comenzó a tocar su armónica: no una canción, ni siquiera una melodía, sino simplemente la escala. La tocó una y otra vez, hasta que Anthony le gritó que aquello era un bar y no el Carnegie Hall, ante lo cual se silenció la escala.
– El gran Stokowsky comparó en cierta ocasión una escala a una escalera ascendida por un sonido camaleón. Si lo desea, puedo modular su siguiente media hora escala arriba. ¿De acuerdo?
– ¿Vale la pena? -dije, haciendo una mueca-. ¿Qué es lo que puede pasar en la próxima media hora?
No contestó. Nos quedamos en silencio, yo con la intención secreta de sacármelo de encima, él con una inexplicable hosquedad comprimiendo sus labios casi exangües ¿Timador o loco? Lo más probable es que fuera lo último.
Unos diez minutos más tarde nos vimos atrapados por una lluvia de una tal intensidad bíblica que apenas si logramos llegar al refugio de un alero situado sobre una escalera de piedra que descendía hacia una tienda de verduras semisubterránea.
Miré mi reloj: eran las diez menos cinco. Por hábito, me lo llevé al oído. Todavía funcionaba.
