– Aún sigue lloviendo -murmuró Leszczycki-, y no hay taxis.

– Alguien viene -dije, atisbando por entre la cortina de agua.

Dos puntos de luz aparecieron girando la esquina, atravesando como dos focos gemelos las cataratas de lluvia: los faros de un coche color amarillo brillante.

– ¡Hey! -grité, saliendo de debajo del alero-. ¡Aquí!

– Esto no es un taxi -dijo Leszczycki. Pero el coche frenó y, lentamente, siguió avanzando a lo largo de la acera. No se detuvo, simplemente se abrió un poco una ventanilla, y por la rendija apareció el oscuro cañón de un arma.

– ¡Al suelo! -gritó Leszczycki, tirando de mi. Pero ya era demasiado tarde: las dos ráfagas del arma automática fueron más rápidas. Algo me golpeó con fuerza en el pecho y en el hombro, derribándome contra el pavimento. Leszczycki se había doblado de una manera extraña, y estaba cayendo lentamente a una posición sentada, como si sus articulaciones, rígidas, ofrecieran resistencia.

La última cosa que vi fue la mancha roja en su rostro, allá donde antes había estado la boca.

Unos zapatos con protecciones metálicas resonaron sobre el pavimento.

– Uno de ellos aún está con vida -dijo alguien.

– De todas maneras morirá, pero no son ellos.

– Ya lo veo.

La bota con refuerzo metálico me golpeó en la cabeza. No noté el dolor. Algo se había roto en mi cerebro.

Luego oí la voz de alguien:

– Es otro de los trucos de Elzbeta.

– Me gustaría ocuparme de ella.

– Ve a decírselo a Copecki.

No oí más. Todo se apagó. Las voces y la luz.


Abrí los ojos y miré mi reloj Las diez menos cinco. Estábamos como antes en la escalera, bajo el alero.

– Crucemos a la esquina -sugerí-. También allí hay un alero.

– ¿Por qué?

– Conseguiremos antes un taxi. Aquello es una esquina.

– Vaya usted -dijo Leszczycki-. Yo me quedaré aquí.

Corrí hasta la esquina, al otro lado de la calle.



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