
»¿Eres tú quien habla? ¿De verdad?»
Tengo el pecho henchido de espanto y, al mismo tiempo, aguijoneado de felicidad. La tenaza aumenta la presión en mi torso, me pellizca el corazón… Si esto continúa, moriré aquí mismo, en este suelo lleno de inmundicias, la basura de los mirones, en medio de esta agitación de feria donde la gente, entre dos bocados y un trago de vino o de jugo de regaliz, tose a veces a causa del humo.
«¿Quieres que te consuele, madre?»
Tengo la certeza de que me responden, ahí, en mi cabeza. De que ella me responde.
«Sí.»
Me estoy volviendo loco. No hay otra explicación.
«¿Estás… agotada, Yemma?»
Sin que mis labios se muevan, le he hablado en la lengua que menos domino, la lengua prohibida, la algarabía, la que ella se negaba a usar en mi presencia y de la que mucho más tarde, en Roma, aprendí algunas palabras con un viejo erudito. Hasta entonces solo había usado este maldito castellano. Mi corazón late tan fuerte que veo luces blancas tras los párpados. ¿Qué son? ¿Mariposas? Una risa propia de un loco, incongruente, florece en mi pecho: tengo ganas de orinar de miedo porque un fantasma se ha posado en mi espalda y me muero de ternura porque es el de mi pobre madre.
Y de repente el horrible peso desaparece, como si los dedos invisibles hubieran decidido dejar de apretar. La risa mortinata se transforma en náusea. El verdugo y su ayudante echan madera a las brasas, que amenazan de nuevo con apagarse. Ha llovido demasiado esta noche, es un mal día para un verdugo concienzudo. El cuerpo atado se ha encogido cual una tea consumida. No quiero seguir mirando la hoguera. La gente empieza a dispersarse, un poco decepcionada, como si la fiesta hubiera acabado demasiado pronto sus compromisos.
