Como para llevarme la contraria, el frío alrededor de mi cuello se intensifica, unos dedos helados me palpan la piel para identificarme, empiezan por la nuca, se deslizan por la espalda, se cruzan entre las costillas. Siento que pierdo la razón. Peor aún, siento que me disuelvo en un baño innombrable.

Pienso en pedir auxilio… al Profeta… a Jesús. A quien sea.

Luego una oleada de tristeza, áspera como el aguafuerte sobre la piel, bloquea mis músculos, mis intestinos, mi cráneo.

Reconozco esa tristeza.

«Eres tú, mamá miel, ¿verdad?»

Estoy convencido, aunque todo en mí proteste contra esta convicción insensata, de que algo… su… alma… («Es tu alma, ¿verdad, mamá?») se ha unido a mí. Las brasas han recobrado fuerza. Un murmullo de admiración horrorizada por la profesionalidad del verdugo se eleva entre la multitud.

– La grasa del vientre y de las nalgas aviva el fuego -explica un espectador a otro-, pero no durará, no tiene demasiado lardo en las piernas, que es donde hace falta.

El espectador se desternilla y es imitado con algo de retraso por su vecino, que ha tardado en comprender la observación picante.

«No imaginé que pesaras tanto, querida madre. Ah, ¿no eres tú la que pesa sino tu sufrimiento?

»Pero si acabas de morir… Yo creía que las criaturas del más allá no sentían nada… Creía…

»¿Incluso después de…?

»¿Que intentas… qué?



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