Cuando subían por la calle de los arcos, Theresa recordó haber olvidado sus tablillas de cera.

– Siga, madre. Yo vuelvo enseguida.

Pese a los gritos de Rutgarda, Theresa se perdió entre la multitud de campesinos que, empapados como ratas, huían en la dirección contraria. Muchas callejuelas ya eran arroyos donde notaban cestos rotos, restos de leña, gallinas muertas y ropa destrozada. Sorteó el pasadizo de los curtidores saltando por encima de un carro atravesado entre dos viviendas hundidas y descendió por la calle vieja hasta alcanzar la trasera de su casa, donde sorprendió a un pilluelo que intentaba violentarla. Nada más acercarse le arreó un empellón, pero el muchacho, en vez de huir, corrió hacia otra vivienda y se coló por una ventana. Después de maldecirle, Theresa entró en su casa y de un baúl extrajo los utensilios de escritura, sus tablillas de cera y una Biblia de color esmeralda. Se santiguó, protegió todo bajo su capa y regresó lo más rápido que el agua le permitió al lugar donde aguardaba su madrastra.

De camino hacia la catedral, varias callejuelas desaparecieron bajo el lodo y un par de tejados volaron como si se tratara de hojarasca. Poco después, una violenta riada engullía el laberinto de casuchas que atestaba el arrabal, dejando tras de sí un reguero de desolación.

Las oraciones de los lugareños no impidieron que, en los días siguientes, la lluvia y la ventisca anegaran los campos hasta convertirlos en una balsa. Después llegaron las nieves; el Main se heló atrapando los esquifes de los pescadores, las ventiscas cegaron los pasos que comunicaban Würzburg con las llanuras de Fráncfort, y el suministro de víveres y mercancías quedó completamente interrumpido. Los fríos diezmaron las cosechas e hicieron estragos en los rebaños. Poco a poco, las provisiones se fueron agotando y el hambre se extendió como una enorme mancha de aceite. Algunos aldeanos malvendieron sus tierras, y quienes no encontraron el qué hubieron de vender a sus propias familias. De los insensatos que abandonaron la protección de las murallas para huir a los bosques, nunca más se supo. Algunos, llevados por la desesperación, se encomendaron a Dios y se arrojaron por los barrancos.



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