
De la noche a la mañana, deambular por las callejas de Würzburg se convirtió en una terrible pesadilla. Los lodazales provocaban continuas caídas y los derrumbes obligaban a caminar lejos de los edificios. La gente se encerró en sus casas a la espera de un milagro, pero los chiquillos, desoyendo las advertencias de sus mayores, continuaban reuniéndose en los estercoleros de extramuros en busca de alguna rata con la que improvisar algún asado. Cuando lo lograban, festejaban la hazaña con canciones y gritos de júbilo, desfilaban por la calle mayor y enarbolaban con orgullo las piezas capturadas.
Pasadas dos semanas, los primeros cadáveres comenzaron a salpicar las calles de la ciudad. Los difuntos más afortunados recibieron sepultura en el pequeño camposanto adyacente a la iglesia de madera de Santa Adela, pero pronto flaquearon los voluntarios y los muertos se esparcieron por las rieras como si de una plaga se tratara. Algunos cadáveres se hinchaban como sapos, pero por lo general, las ratas los devoraban antes de que aquello sucediera. Muchos niños enfermaron de debilidad, mientras sus madres se desesperaban buscando inútilmente algo más que un poco de agua para ponerles a la mesa. A finales de mes, el olor a muerto impregnaba la ciudad, con las campanas de la catedral entonando su lúgubre resonar.
Por fortuna para Theresa, la catedral del condado generaba una exigua pero estable demanda de trabajadores, de modo que los laicos que prestaban sus servicios en los talleres diocesanos recibían como retribución un modio de grano a la semana. Respecto a las mujeres, de las pocas que servían, o agradaban a los hombres o lo hacían en las cocinas.
