
Tal vez por ese motivo, trabajar en el taller de los percamenarii suscitaba en Theresa sentimientos encontrados. Por una parte le incomodaba tener que soportar las miradas impúdicas de los guarnicioneros, los comentarios sobre el tamaño de sus pechos e incluso algún roce más o menos disimulado, pero aquellas contrariedades se veían recompensadas cuando, a última hora, se quedaba a solas con los pergaminos. Entonces apilaba los pliegos llegados del scriptorium, y en lugar de coser los cuadernillos, aprovechaba para disfrutar de unos momentos de lectura. Polípticos, salterios, textos patrísticos e incluso códices paganos, suplían con sus relatos los rigores del trabajo y le inducían a pensar que tal vez ella sirviese algún día para algo más que hornear pasteles y fregar perolas.
Su padre, Gorgias, oficiaba de amanuense en el scriptorium episcopal, cerca del taller donde ella se desempeñaba como aprendiza. Theresa había accedido al puesto merced a la desgracia de Ferrucio, el anterior aprendiz, que había malogrado su porvenir el día que en un descuido se segó los tendones de una mano. Fue entonces cuando su padre la propuso para sustituirle. Sin embargo, desde el primer momento se encontró con la oposición de Korne, el maestro de percamenarius, quien argumentó sobre el mutable carácter femenino, la natural inclinación de la mujer a la disputa y el chismorreo, su incapacidad para manejar fardos pesados, y la frecuencia de sus menstruos. Todo ello, a su entender, se revelaba inconciliable con una labor que requería sabiduría y destreza a partes iguales. Sin embargo, Theresa era capaz de leer y escribir con soltura, una habilidad de indudable valor en un lugar donde sobraban músculos y escaseaba el talento. Gracias a ello, y a la mediación de su padre, le había sido adjudicado el puesto. Cuando Rutgarda se enteró, no tardó en poner el grito en el cielo.
