Si Theresa hubiese sido una muchacha retrasada o enferma, tal vez hubiera entendido aquella decisión, pero era una joven agraciada, quizás algo delgada para los gustos de los mozos francos, pero de caderas amplias y pechos generosos; y eso sin mencionar su dentadura, completa y brillante como la de pocas. Cualquier otra en su lugar habría buscado un buen marido que la preñase y mantuviese; pero no: Theresa tenía que echar a perder su juventud encerrada en un viejo taller de curas, trabajando en inútiles quehaceres de curas, y padeciendo las habladurías que rodeaban a las mujeres de los curas. Y lo peor: Rutgarda estaba convencida de que el culpable de aquella situación no era otro que el propio padre de la muchacha. Al final, Theresa había sucumbido a las absurdas ideas de Gorgias, siempre con la cabeza en el pasado, añorando su Bizancio natal, hablando de los beneficios del saber y la grandeza de los antiguos autores, como si aquellos sabios fuesen a regalarle un plato de garbanzos. Pasarían los años y de repente, un día, su hijastra se encontraría con las carnes flojas y las encías desnudas, y entonces lamentaría no haber encontrado un hombre que la alimentara y protegiera.

El último viernes de noviembre, Theresa despertó antes de lo acostumbrado. Solía madrugar para adecentar el corral y ocuparse de las gallinas, pero hacía tiempo que no quedaba pitanza que repartir, ni gallinas que alimentar. Aun así, se consideró afortunada. La tormenta que arrasó el arrabal había respetado los muros de su casa, y ni su padre ni su madrastra habían sufrido daños.

A la espera del amanecer, se acurrucó bajo las mantas y repasó mentalmente el examen al que se sometería horas más tarde. La semana anterior, Korne, el maestro de los percamenarii, había mostrado su oposición a realizarle la prueba de ingreso que ella había solicitado. Cuando el hombre se enteró, se agitó como un energúmeno objetando que nunca antes una mujer había desempeñado un puesto de oficial de percamenarii, y aún se enfadó más cuando ella le recordó que habían transcurrido los dos años estipulados que, conforme a las normas del gremio, habilitaban a cualquiera para demandar su ingreso en el oficio.



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