
– Cualquier aprendiz que pueda levantar un fardo pesado -le había contestado Korne con gesto de asco.
Sin embargo, a última hora del jueves, Korne había aparecido en el taller con aire displicente para comunicarle que accedía a su petición, advirtiéndole además que el examen tendría lugar con carácter inmediato.
Aquella decisión había desatado los recelos de Theresa, y pese a la alegría que le causaba la noticia, no dejaba de preguntarse por los motivos que habían llevado a Korne a un cambio tan repentino. Sin embargo, se sentía capacitada para superar la prueba: sabía distinguir un pergamino de piel de cordero de uno elaborado con vitela de cabra, era capaz de tensar y atamborar las pieles húmedas mejor que el propio Korne, y podía restañar marcas de flechas y mordeduras hasta dejar los cueros tan blancos y limpios como el culo de un recién nacido. Y aquello era lo único que le importaba.
No obstante, cuando llegó el momento de levantarse, no pudo evitar que un escalofrío le sacudiese el espinazo.
Se incorporó a tientas y descolgó la raída manta que separaba su camastro del de sus padres, se la ciñó al cuerpo y, tras atársela con un trozo de cuerda, salió de la estancia procurando no hacer ruido. Luego de aliviarse en el corral, se adecentó con un poco de agua helada y regresó corriendo a la vivienda. Una vez dentro, encendió una pequeña lamparilla de aceite y se sentó sobre un arcón. La llama iluminó débilmente la única sala de la casa, un cubículo rectangular donde a duras penas cabía una familia. En el centro ardía el hogar, excavado en el suelo sobre una húmeda plasta de tierra.
El frío dolía y las ascuas comenzaban a flaquear, así que añadió un poco de turba y avivó el fuego con un palo. Después agarró un perol requemado y comenzó a rascar los restos de gachas, hasta que oyó una voz a sus espaldas.
