– ¿Se puede saber qué demonios haces? ¡Anda! Regresa a la cama.

Theresa se giró y miró a su padre. Lamentaba haberle despertado.

– Es por el examen. No logro dormir -se excusó a media voz.

Gorgias se desperezó y se acercó a la lumbre murmurando de mala gana. El resplandor iluminó una cara huesuda bajo una maraña de pelo cano. Se sentó junto a Theresa y la apretó contra él.

– No es por eso, hija mía. Es por este frío, que acabará matándonos a todos -susurró mientras le frotaba las manos-. Y olvida esas gachas, que no las comerían ni las ratas. Ya encontrará tu madre algo para desayunar. Ahora lo que has de hacer es dejarte de vergüenzas y usar esa manta para abrigarte por las noches, en vez de dejarla colgada ahí, en medio de la habitación como si fuera una cortina.

– Padre, si no lo hago por vergüenza -mintió-. La coloco para no molestar mientras leo.

– Me da igual por qué lo hagas. Un día te encontraremos tiesa como un carámbano y ya no hará falta que nos pongamos de acuerdo.

Theresa sonrió y volvió a raspar las gachas. Le sirvió una ración que su padre devoró mientras la escuchaba.

– Es por esa prueba. Ayer, cuando Korne accedió a examinarme, hubo algo extraño en su mirada. No sé… algo que me preocupó.

Gorgias sonrió paternalmente y le revolvió el pelo. Le aseguró que todo iría bien.

– Si sabes más de pergaminos que el propio Korne. A ese viejo lo que le irrita es que sus hijos, tras diez años de oficio, no sean capaces de distinguir la piel de un borrico de un códice de san Agustín. Dentro de un rato te dará unos pliegos para que los encuadernes, lo harás a la perfección y te convertirás en la primera oficial de percamenarius de Würzburg. Le guste o no a Korne.

– No sé, padre… Él no permitirá que una recién llegada…



7 из 525