
– ¿Y qué si no está dispuesto? Korne será maestro de percamenarius, pero el dueño del taller es Wilfred, y no olvides que también estará presente.
– ¡Ojalá! -dijo Theresa al tiempo que se levantaba.
Comenzó a amanecer. Gorgias se puso en pie y se estiró como un gato.
– Bueno. Aguarda a que seque los estilos y te acompaño hasta el taller, que a estas horas no conviene que una belleza ande sola por la ciudadela.
Mientras Gorgias preparaba sus utensilios, Theresa se entretuvo observando el hermoso laberinto que la nieve había dibujado sobre los tejados de la villa. Para entonces, el sol comenzaba a derramarse por las callejuelas, tamizando los edificios de un suave color ámbar. En el arrabal, al abrigo de las murallas, las covachas de madera se apretujaban unas contra otras como si se disputaran el trozo de suelo sobre el que debían aguantarse, al contrario que en la zona alta, donde las construcciones fortificadas festoneaban orgullosas los pasajes y las plazas. Theresa no alcanzaba a comprender cómo un lugar tan hermoso podía haberse transformado en un horrible cementerio.
– ¡Por el arcángel san Gabriel! -exclamó Gorgias-. ¡Al fin estrenas tu vestido nuevo!
Theresa sonrió. Meses antes, su padre le había regalado aquel precioso vestido, teñido de un azul tan intenso como un cielo de verano. Lo hizo con motivo de su vigésimo tercer cumpleaños, pero ella lo había guardado a la espera de una ocasión apropiada. Antes de salir se acercó al jergón donde dormitaba su madrastra y la besó en la mejilla.
– Deséame suerte -le susurró al oído.
Rutgarda refunfuñó y asintió con la cabeza, pero cuando los dos salieron de la casa, rezó para que Theresa suspendiera la prueba.
Padre e hija ascendieron a paso ligero por el camino de la herrería, con Gorgias ocupando el centro de la calle para evitar los rincones en que pudiera ocultarse cualquier indeseable.
