
– Pero…
– Conozco a los hombres como usted. Creen que una mujer sola está indefensa y que pueden asustarla fácilmente.
– No se me ha pasado por la cabeza que usted se asuste fácilmente -replicó Leo con sinceridad-. En cuanto a lo de indefensa, he visto tigres más indefensos.
Barton había cruzado la carretera y llegaba hasta ellos.
– Un momento, Leo…
Este normalmente era un hombre tranquilo, pero poseía un temperamento latino que podía estallar fácilmente en ocasiones como aquella.
– Nosotros estamos aquí, ¿no? Muy bien, échenos la culpa. Somos los chivos expiatorios más apropiados y… y… -como siempre que le fallaba el inglés, recurrió a su lengua materna y soltó una riada de palabras en italiano.
– ¡Maldita sea, Leo! -gritó Barton, después de un minuto-. ¿Quieres dejar de ser tan excitable y tan… italiano?
– Solo quería decir lo que pienso.
– Pues ya lo has hecho. ¿Por qué no nos calmamos todos y nos presentamos como es debido? -miró a la joven-. Barton Hanworth, rancho Cuatro-Diez, a las afueras de Stephenville, a unos ocho kilómetros de aquí.
– Selena Gates. Voy para Stephenville.
– Muy bien. Cuando lleguemos allí podemos enviar a buscar su vehículo y llevar su caballo al veterinario.
– ¿Y cómo vamos a llegar allí? ¿Volando?
– En absoluto. Acabo de hacer una llamada y ya viene ayuda en camino. Usted se quedará un día con nosotros mientras arreglamos todo este lío.
– ¿Quedarme con ustedes?
– ¿Y dónde si no? -preguntó él-. Si yo la he metido en este lío, me toca a mí sacarla de él.
Selena miró a Leo con recelo.
– Pero él dice que usted no ha tenido la culpa.
– Bueno, creo que he reaccionado un poco tarde -mintió Barton, sin mirar a su amigo-. Lo cierto es que, si hubiera frenado antes… pero no haga caso a lo que dice mi amigo -se inclinó hacia ella en ademán conspirador-. Es extranjero y dice cosas raras.
