– Gracias, Barton -sonrió Leo.

Seguía centrando su atención en Elliot, al que acariciaba el morro y le murmuraba de un modo que el animal parecía encontrar consolador. Selena lo miraba sin decir nada, pero viéndolo todo.

Poco tiempo después apareció una camioneta que tiraba de un remolque con el logotipo del rancho Cuatro-Diez y lo bastante grande para tres caballos.

Selena ayudó a subir la rampa a Elliot, que ya cojeaba claramente.

– Cuando lleguemos a casa, habrá un veterinario y un médico esperando -dijo Barton-. Suba usted al coche con nosotros y nos vamos.

– Gracias, pero prefiero quedarme con Elliot.

Barton frunció el ceño.

– Es ilegal que vaya ahí. ¡Ah, qué diablos! -exclamó al ver la expresión terca de ella-. Solo son ocho kilómetros.

– Tengo que quedarme con él -explicó la joven-. Se pondrá nervioso si está sin mí en un sitio nuevo. ¿Qué pasa con mi furgoneta?

– No se preocupe, se la llevará una grúa.

– A Elliot no le gusta ir muy deprisa.

– Se lo diré al conductor. Leo, ¿vienes?

– No, creo que me quedaré aquí.

– No necesito ayuda con Elliot -dijo Selena con rapidez.

– No estoy pensando en él. Usted se ha dado un golpe en la cabeza y no debe quedarse sola.

– Estoy bien.

– Podemos empezar el viaje y llevar a Elliot al veterinario o podemos seguir aquí hablando hasta que ceda. Usted decide.

Antes de terminar de hablar, cerró la puerta. Selena lo miró de hito en hito, pero no siguió discutiendo. Hasta le permitió que la ayudara a instalar a Elliot en uno de los apartados.

Estaba enfadada con él sin saber bien por qué. Sabía que no conducía él y que Barton Hanworth, que era el que conducía, se estaba portando muy bien. Pero tenía los nervios de punta, se había llevado un gran susto y toda su agitación parecía concentrarse en aquel hombre que tenía el valor de darle órdenes y que le hablaba ahora con la misma voz tranquilizadora que había usado para calmar a Elliot. ¡Imperdonable!



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