
– ¡Oh, no! -exclamó Leo-. Vuelve a la autopista.
Poco tiempo después, volvían a ver el tráfico. Leo, asustado por lo que imaginaba que podía pasar, aceleró la carrera y consiguió agarrar la brida a dos metros de la autopista.
Elliot lo miró con nerviosismo, pero las primeras palabras de Leo parecieron tranquilizarlo. No las había oído nunca, ya que eran italianas, pero Leo tenía la voz de un hombre que amaba a los caballos, un lenguaje universal de afecto. Los temblores del caballo remitieron y permaneció quieto, nervioso y confuso, pero dispuesto a confiar.
El subconsciente de Selena percibió todo aquello mientras cubría los últimos metros, y la conquista fácil de su adorado Elliot no contribuyó a mejorar su temperamento. Como tampoco el modo experto en que el hombre examinaba las patas del animal, que rozaba con gentileza.
– Creo que lo más grave que tiene es una torcedura leve de ligamento, pero un veterinario lo confirmará.
¡Una factura de veterinario cuando estaba ya al límite de su capacidad económica! Se volvió, para que él no viera su desesperación, y se pasó una mano por los ojos con fiereza. Cuando giró de nuevo hacia él, volvía a estar rabiosa.
– Si usted no hubiera frenado tan de repente, ahora no tendría nada -dijo con amargura.
– Perdone, yo no he hecho nada porque no conducía -repuso Leo, que jadeaba todavía debido al ejercicio-. Conducía mi amigo, y él tampoco ha tenido la culpa. Puede echársela al hombre que iba delante de nosotros, aunque me temo que hace rato que se ha largado, pero si hay justicia en el mundo… Qué tonterías… ¿qué puede saber usted de justicia?
– Sé que mi caballo está herido y mi furgoneta averiada. Y sé que están así porque he tenido que frenar con brusquedad.
– Ah, sí, frenar. Me gustaría mucho ver sus frenos. Seguro que sería muy interesante.
– ¿Ahora quiere echarme la culpa a mí?
– Yo solo…
– Es el truco más viejo del mundo y debería darle vergüenza.
