– Llegaremos pronto -decía él-. La examinará un médico.

– No necesito que me mime nadie -replicó ella entre dientes.

– A mí sí me gustaría que lo hicieran conmigo si hubiera tenido un golpe como el suyo.

– Supongo que algunos somos más fuertes que otros -gruñó ella.

Leo lo dejó estar. Parecía enferma y suponía que tenía derecho a su mal genio. La observó volverse al animal y notó sorprendido cómo pasaba de gritarle a él a mostrarse amable y tierna con el caballo.

No era un animal hermoso, pero sí fuerte, y mostraba huellas de una vida dura. Por el modo en que ella apoyaba la mejilla en él, estaba claro que, a sus ojos, era perfecto.

A primera vista, ella tampoco era hermosa, excepto en sus ojos, grandes y verdes. Su piel tenía un brillo sano de vida al aire libre y su rostro parecía que pudiera mostrarse travieso en bastantes momentos. Los ojos observadores de Leo habían notado también con placer sus movimientos. Era delgada como un punzón, no elegante, pero sí fuerte y, sin embargo, se movía con la gracia instintiva de una bailarina.

Intentó ver de nuevo sus maravillosos ojos, sin que se notara mucho. Con unos ojos así, una mujer no necesitaba nada más. Lo hacían todo por ella.

– Mi nombre es Leo Calvani -dijo, y le tendió la mano.

Ella la estrechó y el sintió de inmediato la fuerza que había intuido en ella. Quiso prolongar el contacto para averiguara algo más, pero ella retiró la mano enseguida.

Empezaron a moverse despacio, como Selena había pedido. Después de unos minutos, Leo se dio cuenta de que lo miraba con curiosidad. No con una curiosidad erótica, como solía pasarle. Ni con fascinación romántica, cosa que también le ocurría con cierta frecuencia.

Solo con curiosidad. Como si pensara que quizá no fuera tan malo como había creído al principio y estuviera dispuesta a admitirlo así.



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