
Pero nada más.
Capítulo 2
El rancho Cuatro-Diez eran diez mil acres de tierra de primera calidad, poblada por cinco mil cabezas de ganado, doscientos caballos, cincuenta empleados y una familia de seis miembros.
Selena supo que allí había mucho dinero en cuanto saltó del remolque y vio los establos en los que guardaba Barton a sus caballos. Sabía que había muchos humanos que vivían peor.
Todo se movía con la precisión de un reloj. Cuando entró llevando a Elliot de la brida, un hombre abrió la puerta de un apartado amplio y cómodo. Allí había ya un veterinario. Y también un médico que quiso apartarla enseguida, pero Leo lo detuvo al decirle:
– Espere que antes se ocupe del caballo. No se tranquilizará hasta que no vea que está bien.
Selena le lanzó una breve mirada de gratitud por su comprensión y observó al veterinario, quien, tras explorar al animal, dio el mismo diagnóstico que había dado Leo, aunque más elaborado para justificar la factura. Una inyección antiinflamatoria, una venda y todo había terminado.
– ¿Estará bien para el rodeo de la semana que viene? -preguntó la joven con ansiedad.
– Veremos. Ya no es un caballo joven.
– ¿Por qué no deja ya que la vea el médico? -preguntó Leo.
Ella asintió se sentó para que el doctor le examinara la cabeza. A pesar de su calma aparente, estaba desesperada por dentro. Le dolía la cabeza, le dolía el corazón y le dolía todo el cuerpo.
– ¿Cómo están los animales que te vendí hace dos años? -preguntó Leo a Barton.
– Ven a verlos por ti mismo.
Se alejaron juntos por el establo y las cabezas largas e inteligentes de los caballos se volvían a verlos pasar.
Los cinco caballos que Barton le había comprado a Leo se hallaban en muy buen estado. Eran animales grandes, de patas poderosas, y aunque habían trabajado duro, también los habían tratado como a reyes.
– Juro que se acuerdan de ti -musitó Barton, al ver que uno de ellos frotaba el morro contra Leo.
