
Este sonrió. Mientras admiraba a los caballos, echó un vistazo a Selena, a la que en ese momento le ponían una gasa en la frente.
– Descanse un par de días -decía el médico-. Mucho descanso.
– Solo ha sido un chichón -declaró ella.
– Un golpe en la cabeza.
– Me aseguraré de que descanse -intervino Barton-. Mi esposa le está preparando una habitación en este momento.
– Es muy amable -contestó la joven-, pero prefiero quedarme aquí con Elliot.
Indicó los montones de paja como si se preguntara para qué iba a querer nadie algo mejor.
– Bien, tiene que venir a comer -dijo Barton-. Será solo un tentempié, porque vamos a empezar la barbacoa en un par de horas.
– Es usted muy amable, pero no puedo entrar en la casa -declaró ella, muy consciente de su ropa arrugada.
Barton se rascó la cabeza.
– La señora Hanworth se ofenderá si no viene.
– En ese caso, iré a darle las gracias.
Pensó que no necesitaba quedarse mucho tiempo, solo el suficiente para ser amable.
Los siguió de mala gana hasta la casa, una mansión blanca cuya sola visión la ponía nerviosa. Se preguntó cómo lo llevaría Leo, quien, con sus vaqueros viejos y deportivas desgastadas, se veía tan fuera de lugar como ella, aunque a él no parecía preocuparlo.
El sonido de unos gritos hizo levantar la vista a Leo, que al momento siguiente se vio asaltado por la familia Hanworth.
Delia, la esposa de Barton, era una mujer exuberante que parecía diez años más joven de lo que era. Barton y ella tenían dos hijas, Carrie y Billie, versiones más jóvenes de su madre, y un hijo estudioso, Jack, que daba la impresión de vivir en un mundo de ensueño separado del resto de la familia.
La familia la completaba Paul, o Paulie, como lo llamaba Delia. Era su hijo de un matrimonio anterior y lo mimaba hasta el absurdo para exasperación de todos los demás.
