Cuando se vestía para la barbacoa, Leo pensó en sus reacciones. Aunque Selena tenía su encanto, no había nada de especial en ella. Y su cuerpo desnudo no tendría que haberlo afectado tanto, ya que carecía de la exuberancia que él prefería en las mujeres.

Sin embargo, misteriosamente le ocurría algo con ella. Aún no sabía qué, pero los comentarios de Paulie lo habían llenado de rabia.

Empezaban a llegar los invitados, que se dirigían al campo donde tendría lugar la gran fiesta, el mismo donde había habido otra fiesta la noche anterior y donde habría otra más en cuanto a alguien se le ocurriera una excusa. Leo miraba sonriente desde su ventana.

– ¿Listo para pasarlo bien? -le gritó Barton cuando bajaba las escaleras.

– Para eso siempre estoy preparado ¿Pero podemos pasar antes por el establo?

– Si quieres. Pero no tienes de qué preocuparte. Ella estará bien.

– Elliot es un macho.

– No me refería a Elliot -comentó Barton.

La medicina antiinflamatoria debía de haber hecho efecto y el caballo parecía tranquilo. De camino a la barbacoa pasaron por el garaje y Leo vio la furgoneta de Selena y los restos del remolque.

– Ha tenido días mejores -comentó su amigo-. Y es un milagro que haya durado tanto.

Leo subió a la furgoneta y lo que vio allí lo sorprendió.

Se consideraba un hombre que podía vivir con pocas cosas, pero el interior de la casa de Selena lo asustó. Había un colchón apenas lo bastante largo para que pudiera dormir, un hornillo pequeño y una zona de lavarse. Lo mejor que se podía decir del sitio era que es taba muy limpio.

Se dio cuenta de que su experiencia de vida dura había sido la de un hombre rico con una especie de juguete.

Por duras que fueran las condiciones, siempre podía regresar a una vida cómoda cuando se cansara de jugar. Pero para ella no había escape. Esa era su realidad.



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