Una azafata elegante se acercó.

– ¿Champán, señor?

Leo se tomó un momento para observar sus grandes ojos azules y figura de curvas seductoras. En él era una reacción instintiva, un tributo que pagaba a todas las mujeres de menos de cincuenta años y, como era un hombre de buen corazón, casi siempre encontraba algo agradable.

– ¿Señor?

– ¿Cómo dice?

– ¿Le apetece champán?

– Preferiría whisky.

– Por supuesto, señor. Tenemos… -la mujer le dio una lista de marcas caras.

– Solo whisky -dio él con un toque de desesperación. Mientras sorbía la bebida, bostezó y deseó que el viaje terminara ya. Habían pasado once horas y la última era la peor, porque se había quedado sin distracciones. Había visto la película, disfrutado de dos comidas excelentes y coqueteado con la mujer sentada a su lado.

Esta había respondido alegremente, atraída por el rostro atractivo de él, enmarcado por un pelo castaño oscuro con un asomo de rizos, y el brillo entusiasta de sus ojos. Los dos disfrutaron un par de horas agradables, hasta que ella se quedó dormida. Leo pasó entonces a coquetear con la azafata.

Pero en ese momento estaba solo, con la única compañía de sus pensamientos. Un par de semanas en el Cuatro-Diez, el rancho que Barton Hanworth poseía cerca de Stephenville, Texas, disfrutando de los espacios abiertos, la vida al aire libre y asistiendo al rodeo eran su idea del paraíso.

Al fin el avión empezó a descender hacia Atlanta. Pronto podría estirar las piernas, aunque solo fuera un par de horas, antes de embarcar de nuevo en el vuelo para Dallas.


Ben redujo la factura al máximo porque apreciaba a Selena y sabía que los pocos dólares que le quedaban los destinaría al cuidado de Elliot.



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