Si le sobraba algo, compraría comida para ella y, si no era así, pasaría sin comer. La ayudó a enganchar el remolque del caballo a la parte de atrás de la furgoneta, le dio un beso de buena suerte en la mejilla y la observó alejarse. Cuando la perdió de vista, envió una plegaria a cualquier deidad que protegiera a las jóvenes locas que no tenían otra cosa en el mundo que un caballo, una furgoneta destrozada, un corazón de león y una terquedad a prueba de bomba.


Cuando Leo embarcó en el vuelo de enlace con Atlanta, empezaba a notar los efectos del cambio de horario y logró dormitar hasta que aterrizaron. Cuando bajó del aparato, juró no volver a subir a un avión en toda su vida, algo que hacía después de cada vuelo.

Cuando cruzaba la aduana, oyó una voz entusiasta.

– ¡Leo, sinvergüenza!

Su rostro se iluminó al ver acercarse a su amigo con los brazos abiertos.

– ¡Barton, sinvergüenza!

Poco después ambos se abrazaban con ganas.

Barton Hanworth era un hombre grande, de unos cincuenta años, aire amable, pelo rizado y el comienzo de una barriga que su altura disimulaba. Su voz y su risa eran estentóreas. Y su coche, su rancho y su corazón, muy grandes.

Leo no olvidó estudiar con atención el coche. En las seis semanas transcurridas desde que planearan aquel viaje, había hablado varias veces con Barton por teléfono y ni una sola vez había dejado este de hablarle de su «nueva preciosidad». Según él, era lo último, lo más rápido y lo mejor del mercado. No le había dicho el precio pero Leo lo había buscado en Internet y había comprobado que era el más caro.

Por eso alabó con entusiasmo el coche plateado y Barton correspondió con una sonrisa de felicidad.

Cargaron las pocas bolsas de Leo en el coche y se pusieron en marcha hacia el rancho cercano a Stephenville.

– ¿Cómo es que has venido desde Roma? -preguntó Barton, con la vista fija en la carretera-. Yo pensaba que Pisa te pillaba más cerca.



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