– Había ido a Roma a la fiesta de compromiso de mi primo Marco -contestó Leo-. ¿Lo conoces?

– Pasó por tu granja cuando fui a verte hace dos años -gruñó Barton-. Fue él el que te compró aquellos caballos. ¿Cómo es ella?

– ¿Harriet? -Leo sonrió-. Te aseguro que, si no fuera la prometida de mi primo… Pero lo es. ¡Qué lástima!

– ¿Así que Marco se llevó el premio y al fin se va a asentar?

– Sí, creo que sí -repuso Leo pensativo-. Pero no sé si él lo sabe todavía. Él dice que va a hacer una boda «apropiada» con la nieta de la vieja amiga de su madre, pero hubo algo muy raro en esa fiesta. No sé qué ocurrió, pero Marco pasó la noche fuera, durmiendo en el suelo. Yo salí a tomar el aire al amanecer y lo vi. Él no me vio, así que me retiré deprisa.

– ¿No dio explicaciones?

– No dijo ni una palabra. El último compromiso de Marco se rompió de un modo del que nadie habla nunca.

– ¿Y crees que pasará lo mismo con este?

– Puede ser. Depende de lo que tarde en darse cuenta de que está loco por Harriet.

– ¿Y a tu hermano le pasa lo mismo?

– Guido tiene suficiente sentido común para saber cuándo está loco. Dulcie es la mujer perfecta para él.

– ¿O sea que tú eres el único libre?

– Libre y contento de serlo. A mí no me atraparán.

– Eso dicen todos, pero mira a tu alrededor. Los hombres que valen la pena caen como moscas.

– Barton, ¿tú sabes cuántas mujeres hay en el mundo? ¿Y de las pocas que he conocido hasta el momento? Un hombre ha de tener la mente abierta, ampliar sus horizontes.

– Al final encontrarás una especial.

– La encuentro una y otra vez. Y al día siguiente conozco a otra que también es especial. Y me siento estafado por eso.

– ¿Tú estafado? -gruñó Barton.

– Sí, te lo juro. Mírame, estoy solo. Ni esposa amantísima ni hijos -suspiró con tristeza-. Tú no sabes la tragedia que es para un hombre darse cuenta de que la naturaleza lo ha hecho inconstante.



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