– Sí, seguro.

Soltaron los dos una carcajada. Leo tenía una risa alegre, llena de vino y de sol, repleta de vida. Era un hombre de la naturaleza, que buscaba instintivamente los espacios abiertos y los placeres de los sentidos. Y todo eso es taba presente en sus ojos y en su cuerpo grande y relajado. Pero, sobre todo, estaba presente en su risa.

En el último tramo del viaje empezó a bostezar.

– Es espantoso tener que mirarle tanto tiempo el trasero a un caballo -dijo.

Delante de ellos había un remolque viejo, que exhibía un trasero amplio de caballo. Y llevaban ya un rato así.

– Además de lo cual, he tenido que levantarme a una hora indecente para llegar a tiempo al aeropuerto -añadió Barton.

– Eh, lo siento. Deberías habérmelo dicho.

– Y no solo eso. Anoche nos quedamos levantados hasta tarde celebrando tu visita.

– Pero yo no estaba presente.

– No te preocupes, volveremos a celebrarla esta noche -lo tranquilizó Barton-. Estamos en Texas.

– Ya lo veo -sonrió Leo-. Estoy empezando a pensar si podré soportar ese ritmo. Me ofrecería para conducir, pero después del vuelo, estoy peor que tú.

– Bueno, ya no falta mucho -gruñó Barton-. Y menos mal, porque la persona que lleva ese remolque no puede ir a más de cincuenta kilómetros por hora. Voy a pisar a fondo.

– Más vale que no -le aconsejó su amigo-. Si estás cansado…

– Cuanto antes lleguemos, mejor. Vamos allá.

Salió de detrás del remolque del caballo y aceleró para adelantarlo. Leo miró por la ventanilla y vio, el remolque pasar de largo y la furgoneta que iba delante. Miró a la conductora, una mujer joven de pelo rojo y corto. Ella levantó la vista y lo vio mirándola.

Lo que sucedió después sería luego un punto de discusión entre ellos. Ella siempre dijo que él le guiñó un ojo. Él juraba que ella había sido la primera en hacerlo. Ella decía que no era cierto, que había sido un truco de la luz y que él tenía la cabeza llena de pájaros. Jamás se pusieron de acuerdo.



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