
Barton apretó el acelerador y la dejaron atrás.
– ¿Has visto eso? -preguntó Leo-. Me ha guiñado un ojo. ¿Barton? ¡Barton!
– Vale, vale, solo descansaba los ojos un momento, pero quizá sea mejor que me hables… ya sabes, para…
– Para que no te duermas. No estoy seguro de que después de ese adelanto estemos mejor que antes -Leo miró el camión que tenían ahora delante y que oscilaba de un carril a otro. Barton se colocó a la izquierda con intención de adelantar de nuevo, pero el camión se movió también en ese momento y tuvo que retroceder. Lo intentó una vez más y el camión le bloqueó el paso por segunda vez y luego frenó de pronto.
– ¡Barton! -gritó Leo, ya que su amigo no había reaccionado.
Al fin los reflejos de Barton entraron en acción. Era demasiado tarde para disminuir la velocidad, solo un frenazo en seco podía evitar ya la colisión, así que pisó el freno con fuerza y paró en el último momento.
La furgoneta que los seguía no tuvo tanta suerte. Oyeron un chirrido de frenos seguido de un golpe, una sacudida que afectó al coche entero y, al fin, un aullido de rabia y angustia.
El camión culpable de todo aceleró y se alejó, seguramente sin darse cuenta de nada. Los dos hombres salieron del coche y corrieron a la parte de atrás a inspeccionar los daños. Lo que vieron los dejó anonadados.
En el coche, orgullo de Barton, había un golpe que se correspondía exactamente con otro en la parte delantera de la furgoneta. En la parte de atrás de la furgoneta las cosas eran aún peores. El frenazo había hecho que el remolque del caballo se moviera de lado y chocara con el vehículo con una fuerza que hizo que los dos acusaran el golpe. El remolque estaba medio volcado y se apoyaba en la furgoneta, mientras el caballo lanzaba coces en el interior, aumentando el desastre. Leo veía aparecer en los agujeros cascos volando que después se retiraban para cocear de nuevo.
