La joven de pelo rojo intentaba enderezar el remolque, una tarea imposible pero a la que ella se aplicaba con vigor.

– ¡No haga eso! -le gritó Leo-. Se va a hacer daño.

Ella se volvió hacia él.

– ¡Usted no se meta!

Le sangraba la frente.

– Está herida -dijo Leo-. Déjeme ayudarla.

– Le he dicho que no se meta. ¿No ha hecho ya bastante?

– Eh, yo no conducía. Y además no ha sido culpa nuestra.

– ¿Y qué me importa a mí quién conducía? Son todos iguales. Van por ahí con sus coches caros como si fueran los dueños de la carretera y casi matan a Elliot.

– ¿Elliot?

Otro golpe en el interior del remolque respondió a su pregunta. Al momento siguiente cedió la puerta y el caballo saltó a la carretera. Leo y la joven se lanzaron hacia su cabeza, pero el animal esquivó a los dos y cruzó la autopista al galope. La joven echó a correr tras él sin vacilar, eludiendo el tráfico como podía.

– Qué mujer tan loca! -exclamó Leo con violencia, y salió detrás de ella.

Hubo más chirridos, frenados, maldiciones y conductores frustrados que gritaban lo que les gustaría hacer con Leo. Este no hizo caso y corrió tras ella.

Barton se rascó la cabeza.

– Están los dos igual de locos -murmuró.

Por suerte para sus perseguidores, Elliot estaba algo magullado y no podía ir deprisa. Y por desgracia para ellos, estaba decidido a no dejarse atrapar. Lo que le faltaba en velocidad lo suplía en ingenio, y giró repetidamente de un lado a otro hasta que desapareció en un grupo de árboles.

– Usted vaya por ahí -gritó Leo-. Yo voy por aquí y entre los dos le cortamos el paso.

Pero sus esfuerzos no lograron persuadir al caballo. Selena casi estuvo a punto cuando lo llamó por su nombre y él paró y la miró. Pero luego consiguió pasar entre los dos y volvió por donde había llegado.



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