
Yashim bajó los ojos. La Valide, la madre francesa de Mahmut, había sido su mejor amiga en el harén.
– Mi padishah es muy amable.
– Humm. -El sultán soltó un pequeño gruñido, el mismo que dejaba escapar el viejo sultán, aunque en un tono más agudo.
– Nuestros oídos han escuchado un informe que concierne al honor y a la memoria de nuestra casa -empezó el sultán un poco rígidamente. Mahmut habría dicho las mismas palabras como si le salieran de las entrañas, no de la cabeza-. ¿Significa algo el nombre de Bellini para usted?
Ante un sultán uno no se queda boquiabierto como un pez. La habitación, observó ahora Yashim, estaba empapelada al estilo europeo.
– No, mi padishah. Lamento…
– Bellini era un pintor. El sultán agitó una huesuda mano-. Hace mucho tiempo, en la época del Conquistador.
Yashim levantó la cabeza. Recordó que un hombre había diseñado un puente a través del Cuerno de Oro. Leonardo de Vinci. Un florentino.
– ¿De Italia, mi padishah?
– Bellini fue el más grande pintor de su época en Europa. El Conquistador lo llamó a Estambul. Hizo algunos dibujos y pinturas. De… bueno, de personas. Al natural. -El rostro del sultán parecía ahora más vivo-. Fue un maestro del portrait. -Pronunció bien la palabra, con acento francés, observó Yashim.
Yashim pensó en los tulipanes que había rescatado del mazo. Eran muy puros. Pero ¿pintar personas? No era extraño que el joven se sintiera incómodo.
– El Conquistador deseaba que fuera así -añadió Abdülmecid, su rubor fue desvaneciéndose a medida que hablaba-. Bellini se aposentó en la corte del Conquistador durante dos años. Me han dicho que decoró algunas paredes del palacio de Topkapi con frescos, los llamaban, con escenas que el sultán Bayaceto más tarde hizo quitar.
Yashim asintió. El sucesor del Conquistador, Bayaceto, era un hombre muy piadoso. Si ese Bellini había pintado personas, el sultán Bayaceto se habría escandalizado. No hubiera tolerado semejante blasfemia en su palacio.
