¿Era la amistad de Reshid -su protección- una oferta que Yashim podía rechazar?

Saliendo del despacho del visir, Yashim dio la vuelta y anduvo un largo camino por un alfombrado corredor, hacia un par de puertas dobles flanqueadas por inmóviles guardias, y una fila de sillas de recto respaldo tapizadas de rosa.

Los guardias no parpadearon. ¿Qué quería el sultán, se preguntó Yashim, y que Reshid tan evidentemente no deseaba?

Ocupó una silla y se dispuso a esperar… Pero casi inmediatamente las puertas se abrieron de par en par y un asistente de blancos guantes lo invitó a pasar a la presencia del sultán.

Capítulo 5

Yashim no había visto el sultán desde unos años antes de su elevación al trono. Recordaba al flaco muchacho de enfebrecidos ojos que se encontraba de pie, pálido y en actitud alerta, al lado del trono de su padre. Esperaba que hubiera crecido y engordado, tal como los niños suelen hacer ante el constante e ingenuo asombro de sus mayores. Sin embargo el joven sen Indo en un sillón estilo francés, con las piernas bajo la mesa, no parecía, a primera vista, haber cambiado nada. Era casi sobrenaturalmente delgado y huesudo, con unos torpes hombros y largas muñecas, ocultadas, sin conseguir que fueran elegantes, por las artes de unos sastres europeos.

Yashim se inclinó profundamente y se acercó al sultán. Sólo sus cejas, observó, se habían desarrollado; tenía unas espesas cejas sobre unos ojos nublados, ansiosos.

El sultán torció la cara y abrió la boca como si fuera a gritar, luego sacó un pañuelo de la mesa y estornudó en él sonoramente y con gesto compungido.

Yashim parpadeó. En los Balcanes, la gente decía que uno estornudaba cuando decía una mentira.

– Nuestro gracioso padre siempre hablaba muy bien de usted. -Yashim se preguntó si el cumplido era huero. Mahmut había sido una mala bestia muy curtida-. Como nuestra estimada madre sigue haciendo.



9 из 290