
Y no es que a Yashim le faltara presencia. Su única carencia era de algo más concreto; pero estaba acostumbrado a pasar inadvertido. Era como si su presencia fuera una cualidad que él decidía mostrar u ocultar; una cualidad de la que las personas eran inconscientes hasta que se encontraban hipnotizadas por sus ojos grises, su voz baja, musical, o por las verdades que decía. Hasta entonces podía resultar casi invisible.
Los obreros no levantaron la mirada hasta que él se acercó. Sólo cuando habló, uno de ellos miró a su alrededor, sorprendido.
– Se trata del puente, effendi. Una vez que esto haya desaparecido, y luego el árbol, habrá un camino para pasar por aquí, ¿ve usted? Hemos de tener un camino que atraviese esto, effendi.
Yashim apretó los labios. Durante años se había hablado de un puente que uniría la parte principal de la ciudad de Estambul con Pera. Siglos, incluso. En los archivos del sultán del palacio de Topkapi, Yashim había visto unos papeles color sepia con un dibujo de dicho puente, ejecutado por un ingeniero italiano que escribía sus cartas del revés, como si estuvieran escritas en un espejo. Ahora, al parecer, iba a construirse el puente; el regalo del nuevo sultán a un agradecido populacho.
– ¿Y esta fuente no podría simplemente trasladarse más allá?
El obrero enderezó su espalda y se apoyó en su mazo.
– ¿Qué? ¿Esto? -Se encogió de hombros-. Demasiado vieja. Una nueva sería mejor. -Sus ojos se deslizaron a lo largo de la costa-. Pero lo que sí es una vergüenza es lo del árbol.
El árbol era un coloso, y una agradable sombra y abrigo en la costa del Pera. Llevaba allí varios siglos; y ahora desaparecería en cuestión de días.
