Yashim parpadeó cuando uno de los mozos agrietó con un golpe de mazo la taza de la fuente. Un pedazo de piedra se separó, y Yashim alargó la mano.

– Por favor, un azulejo o dos…

Se los llevó consigo cuidadosamente, sintiendo el viejo mortero seco y quebradizo en su palma. El barquero que lo recogió, mientras se deslizaba a través del Cuerno con su esquife, escupió en el agua.

– El puente nos matará -dijo en griego.

Yashim tuvo un presentimiento. No se arriesgó a replicar.

Al llegar a casa dejó los azulejos junto a la ventana y se sentó en el diván, contemplando las fuertes líneas de los sinuosos tallos, los hermosos e intensos rojos de los tulipanes, que tan a menudo habían refrescado sus ojos mientras el agua de la fuente le refrescaba la piel. Unos rojos llameantes como aquellos no se podían conseguir hoy en día, de eso era consciente. Siglos atrás, los alfareros de Iznik habían elevado sus habilidades a tales alturas que el río del conocimiento simplemente se había secado. Siempre quedaban los azules: preciosos azules de Kayzeri e Iznik, pero no los rojos tan queridos por los herejes, que procedían de Irán y que también se desvanecieron.

Yashim se acordaba de cuánto había amado aquellos azulejos, cuando decoraban el sanctasanctórum del palacio del sultán en Topkapi, un lugar prohibido a los hombres corrientes. En el harén mismo, hogar del sultán y su familia, muchas mujeres habían admirado aquellos azulejos y muchos sultanes también.

Yashim los había visto tan sólo porque no era un hombre corriente.

Yashim era un eunuco.

Seguía contemplando los azulejos, recordando otros similares de los fríos corredores del harén del sultán, cuando unos golpecitos en la puerta anunciaron un mensajero.

Capítulo 4



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