
Reshid Pachá golpeó su pulida bota con un bastoncillo.
– El sultán Mahmut, que descanse en paz, estuvo encantado de ordenar la construcción del puente. -Apuntó al diván con su bastoncillo.El barrio antiguo y Pera han estado demasiado tiempo separados. Ése es también el punto de vista del padishah.
– Ahora Pera vendrá a Estambul -dijo Yashim-, y ya no sabremos lo que es la paz.
Reshid apretó los labios.
– O tal vez sea lo contrario, Yashim.
– Sí, mi pachá -dijo éste sin demasiada convicción. Se sentó, con las piernas cruzadas, en el diván-. Quizás.
Trató de imaginar a Pera calmándose hasta un digno silencio, a medida que los sobrios pachás y los minaretes y los cipreses del viejo Estambul extendían su tranquila influencia a través del puente, amortiguando el perpetuo alboroto de vendedores, dispensadores de té, mozos, banqueros, tenderos y marineros que pululaban por las calles de Pera. ¿Dónde encontrarían los cipreses espacio para crecer entre los sombrereros belgas y los buhoneros griegos, las prensas de vapor y las multitudes de extranjeros? Viejos caballeros otomanos traían a sus familias a Pera de vez en cuando, y las conducían en medio de un impresionante asombro a través de multitudes de todas las nacionalidades, contemplando fijamente los grandes escaparates de las tiendas de la Grande Rue, antes de embarcar nuevamente hacia su hogar.
– Tengo entendido que conoce usted muchos idiomas -añadió Yashim agradablemente.
Yashim no conocía bien a Reshid. El joven visir pertenecía a otra generación de la escuela de palacio, la generación que estudiaba francés e ingeniería; su preparación le había llevado más allá de las fronteras del Imperio. La madre de Reshid procedía de Crimea, de un exilio; su familia era pobre. Él andaría por los veinticinco años, quizás, cuatro o cinco más viejo que el sultán al que servía, pero con fama de ser un duro trabajador, de costumbres piadosas, sin ostentación, de mente rápida y muy seguro de sí: ciertamente había progresado muy deprisa bajo la mirada del viejo sultán, que insistía en que aprendiera idiomas y lo había enviado a misiones en París y Viena, porque Mahmut había perdido la confianza en los dragomanes, o intérpretes, la mayoría de los cuales eran griegos. Sin duda lo había considerado también una buena influencia para su hijo.
