
El pachá se encogió de hombros.
– Hablo varios idiomas, por descontado. Ahorra tiempo.
Yashim bajó los ojos. Él hablaba ocho lenguas perfectamente, incluyendo el georgiano, y amaba tres de ellas: el griego, el turco y el francés.
– El sultán ha reclamado su presencia, Yashim. Está al corriente de los servicios que ha prestado usted a su casa. Fui yo quien se lo recordó.
Yashim inclinó la cabeza cortésmente. En varias ocasiones el viejo Mahmut había exigido a gritos la presencia de Yashim, planteándole algunos dilemas que precisaban de los peculiares talentos de éste. Muchas cosas en el harén, y más allá, habían requerido su atención: y no todas eran simples pecadillos. Robos, muertes inexplicables, amenazas de motín o traición que atentaban contra la estabilidad o la supervivencia mismas de la más antigua dinastía gobernante de Europa. El trabajo de Yashim era resolver las crisis. Tan discretamente como fuera posible, por descontado. Yashim sabía que el aire de invisibilidad que lo rodeaba debía extenderse a los misterios que se le pedía que penetrara.
– Y debería recordarle que el sultán es muy joven.
Yashim casi sonrió. El único amaneramiento visible de Reshid Pachá era un pequeño bigote que él enceraba con cuidado, pero su barbilla era suave y blanda. Llevaba la estambulina, aquella espantosa aproximación al vestido occidental que el viejo sultán había prescrito oficialmente para todos sus súbditos, griegos, turcos, armenios o judíos, y que el pueblo estaba todavía aprendiendo a adoptar. Yashim, hacía ya mucho tiempo, había decidido no tomarse la molestia.
