
– El sultán Mehmet también era joven hace cuatro siglos, Reshid Pachá, cuando tomó la ciudad a los griegos.
– Pero se diría que Mehmet tenía más experiencia.
«¿Es eso lo que tienes tú? -se preguntó Yashim-. A los veinticinco años… ¿experiencia?»
– Mehmet sabía apreciar correctamente sus intereses -continuó Reshid-. Y también rechazaba los consejos. Pero los tiempos han cambiado, pienso.
Yashim asintió. Aquello estaba bien expresado.
– Cada uno de nosotros debe esforzarse en servir a los mejores intereses del sultán a nuestra manera, Yashim. Habrá ocasiones, estoy seguro, en que será usted capaz de servirle con su especial talento para penetrar en los corazones y las mentes de los hombres. Muchos otros -es natural, y no tienen por qué avergonzarse- le sirven con su simple diligencia.
Sus oscuros ojos buscaron los de Yashim.
– Entiendo -murmuró éste.
El joven visir no parecía muy convencido.
– Nosotros, los otomanos, tenemos muchas generaciones de comprensión de las maneras de los príncipes, Yashim. Ellos nos dan… El sultán está encantado de darnos órdenes. Y nosotros decimos: «El sultán ha dicho esto o aquello. Y se hará.» Entre estas órdenes, sin embargo, hemos reconocido una clase de… ¿qué?, órdenes sin base. Escritas en el agua, Yashim.
Yashim no movió ni un pelo.
Lo que está escrito en el agua no se puede leer.
– Creo que el sultán lo recibirá esta tarde. -Reshid levantó la mano en un vago gesto de rechazo-. Tendrá usted muchas oportunidades de mostrar… diligencia -añadió-. Sé que la tendrá.
Yashim se puso de pie y se inclinó con una mano en el pecho.
La elevación de un nuevo sultán, como el nacimiento de un planeta, significaba crear nuevos alineamientos, cambios en el peso y la composición de las camarillas y círculos que siempre habían florecido en el palacio alrededor de la persona del todopoderoso sultán. Reshid había sido ascendido por Mahmut; ahora Abdülmecid había confirmado la elección de su padre.
