—Y la hay, Celina, puesto que Austria y Alemania han sido vencidas.

—¡Eso no es suficiente!

Besado, mimado, bañado en lágrimas, arrastrado sobre el oleaje de un vasto pecho sin que cesara un instante el vocero vengador de su «nodriza», Morosini se encontró sentado en la cocina, en su taburete de antaño, sin comprender cómo había podido atravesar el gran vestíbulo, el cortile y la antecocina del palacio sin ver nada. Una taza de café humeaba ya delante de él, mientras la opulenta mujer untaba con mantequilla unos panecillos que acababa de sacar del horno.

—¡Bebe, come! —ordenó—. Después hablaremos.

Aldo aspiró con los ojos entornados la sublime infusión, se obligó a comer una tostada para complacerla, pues la emoción le había quitado el apetito, y degustó tres aromáticas tazas. Luego apartó la vajilla y apoyó los codos en la mesa.

—Ahora háblame de mi madre, Celina. Quiero saber cómo ocurrió.

La napolitana se quedó inmóvil delante de uno de los aparadores donde estaba guardando diversos objetos. Su espalda se tensó como si la hubiera alcanzado un proyectil. Luego, la mujer exhaló un largo suspiro.

—¿Qué quieres que te diga? —dijo sin volverse.

—Pues todo, porque no sé nada. En tu carta no eras muy explícita.

—Escribir nunca ha sido mi fuerte, pero no quería que te enteraras de esa desgracia por otros. Me parecía que a través de mí te haría sufrir menos. Además, Zaccaria estaba demasiado afectado para garabatear tres palabras seguidas. Pese a las apariencias, es un hombre muy sensible.

Aldo se levantó, se acercó a ella y la rodeó por los hombros con afecto, emocionado al notar el temblor producido por la tristeza que la embargaba.

—Estabas en lo cierto, Celina. Nadie me conoce mejor que tú, pero ahora ven a sentarte y cuéntame. Todavía no consigo creérmelo.



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